De la queja a la responsabilidad: el paso que lo cambia todo
Quejarse alivia. Es humano, es comprensible y todos lo hacemos en algún momento.
La queja reduce momentáneamente el estrés, nos da una sensación de desahogo y nos protege del dolor de sentir que algo no está saliendo como queremos.
El problema es que la queja no transforma nada, más bien es justo lo contrario. Cuando nos instalamos en la queja o en la justificación, entramos sin darnos cuenta en una posición de víctima. Y desde la posición de victima parece que todo depende de los demás, de la suerte, de la pareja, del trabajo, de la familia o de las circunstancias.
El victimismo alivia, pero también nos debilita.
Mientras me quejo, no cambio. Mientras culpo, no me responsabilizo. Mientras me justifico no miro lo que si depende de mí.
Muchas veces la culpa, la justificación y la queja funcionan como calmantes emocionales. Reducen el malestar del fracaso, del conflicto o de la frustración, pero por supuesto no lo resuelven. Nos tranquilizan por un momento, pero nos alejan de la posibilidad real de transformación.
La responsabilidad empieza por hacerse preguntas.
- ¿Qué puedo hacer yo diferente?
- ¿Qué parte depende de mí?
- ¿Qué puedo aprender de esto?
La responsabilidad personal es el inicio de todos los cambios. Es el momento en el que dejamos de esperar que la vida cambie y empezamos a cambiar nosotros.
En terapia veo muchas veces cómo las personas se quedan atrapadas en la queja durante años, sintiendo que no pueden avanzar. Y también veo cómo, cuando alguien da el primer paso hacia la responsabilidad, algo se mueve por dentro. Aparece más fuerza, más claridad y más libertad.
No porque la vida sea perfecta, sino porque dejamos de vivirla desde la impotencia.
Si estás en un momento de bloqueo, de conflicto o de insatisfacción, puede ser útil parar y mirar con más profundidad qué está pasando y qué papel estás ocupando sin darte cuenta.




